Mucha razón tenía el monje Thomas Merton, al afirmar que “Nadie es una isla” y es verdad, no somos seres solitarios, vivimos creando puentes en todo el caminar de la vida, no fuimos creados para vivir en soledad, Jesús envió a los apóstoles a predicar de dos en dos.

Sin embargo, toda regla tiene su excepción, habrá alguno que quiere serlo, como lo fue Judas Iscariote, que vivió rodeado de tantos puentes, y entre esos el mejor de ellos, y lo derribó según el, siendo derribado el mismo por su propia avaricia, comportándose delante de los demás como el “tesorero preocupado”.

16 veces mencionan los evangelistas a Judas en la biblia, con muy poca descripción sobre el, pero suficiente para conocer su mezquindad, sin embargo, es interesante recrear el personaje para poder escudriñar sus oscuras intenciones de vender a su mentor, al maestro.

El evangelista Juan, relata el momento en que Jesús dice, «El que se ha bañado, está completamente limpio y le basta lavarse los pies.

Y ustedes están limpios, aunque no todos.» Jesús sabía quién lo iba a entregar, por eso dijo: «No todos ustedes están limpios.»” Jesús sabía que iba a ser traicionado, pero siempre le brindó el mismo trato, amor y amistad a esa isla de puentes cortos.

Judas, pertenecía a una corriente que luchaban por liberarse de la imposición Romana, al escuchar los sermones liberadores de Jesús, se acercó con intenciones revolucionarias, creyendo que el maestro era un libertador como cualquiera, que buscaba una posición terrenal, pero también quizás, en la recreación del personaje, éste envidiaba la popularidad y la destreza de Jesús, conociendo él, sus orígenes de ser de un pueblo pequeño, hijo de un carpintero y que tuviera tanta elocuencia y fuera seguido por tantos, quizás esto le provocaba ese sentimiento.

Es aquí en situaciones similares, en las que nos convertimos en esas islas, Judas, vivió rodeado del mejor de los puentes, pero no supo reconocer la divinidad que había en ese puente capaz de crear conexiones increíbles.

Y es en este personaje, donde podemos ver reflejadas aquellas “preocupaciones” por las cosas de Dios y estar completamente aislados del verdadero sentido de la causa divina y enfocándonos en las tareas y ocupaciones de los demás, cuando dejamos mucho que desear en

las nuestras.

Las redes sociales están saturadas de presagios apocalípticos, conspiraciones, deducciones con o sin sentido, predicciones, noticias desalentadoras, en torno a la pandemia que estamos

viviendo, muchos nos estamos preocupando por el perfume de nardo puro, y no en el trasfondo espiritual de la situación, la riqueza que podemos sacar de este aprendizaje de estar a los pies de Jesús.

Judas es un personaje de quien hay mucho que aprender, en el sentido de no ser isla, de valorar los momentos valiosos que nos presenta la vida, para crear puentes de amor, paz, solidaridad y empatía.

Podemos ser Judas, “al preocuparse” de lo que hace el otro, mientras dejo de hacer lo que me corresponde.

Podemos ser Judas, el hacer creer que se administra bien lo encomendado, mientras se está pensando en hacerle daño a quien te dio para administrar.

Podemos ser Judas, en las necesidades que se están viviendo en la escasez que empieza a surgir y acaparar para revender esperando el momento oportuno de conseguir las “30 monedas de plata”.

Sin embargo, olvidan, que las 30 monedas de plata pueden quedarse tiradas como hace 2000 años porque el mañana es incierto, como incierto es el minuto posterior.

Así que, reconocer al Judas que vive en nosotros, es uno de los mayores retos, puesto que podemos ser tentados a vender la conciencia, la empatía, la amistad por 30 monedas de plata.

No somos islas, decía Tomas Merton, pero podemos ser campos abiertos áridos y estériles, pero, de cada uno depende dejar crecer y florecer la semilla sembrada y desde ahí, crear caminos y puentes a las pequeñas islas que nos podamos encontrar.