Si me abro a Dios

P. Fernando Pascual

Elegimos a cada paso. A veces decidimos no actuar, y eso ya es una opción. Otras veces, la mayoría, escogemos arreglar un aparato, escribir una carta, leer el periódico, ordenar el escritorio, responder al teléfono, descansar un rato en el sofá.

En cada una de nuestras opciones buscamos alcanzar metas concretas. En el fondo, queremos conseguir un bien, algo que ayude a mejorar la propia vida o la vida de quienes viven a nuestro lado.

Cada cosa se me presenta con su riqueza, con su belleza, pero también con sus límites, pues todo en este mundo es limitado, contingente, frágil. Lo que ahora empiezo pronto acabará. Lo que me alegra unos instantes se gasta, se termina. Yo mismo cambio a cada instante: lo que ayer me llenaba de entusiasmo hoy lo veo como algo aburrido y hueco.

Además, si emprendo una cosa no puedo hacer otras. Si decido ver la televisión, no podré leer un libro. Si empiezo a leer un libro, retrasaré de nuevo la respuesta a algunos asuntos importantes en el correo electrónico. Si como verduras en vez de fruta quizá gane un poco de tiempo pero pierda vitaminas que me ayudarían a estar más sano.

Es parte de la vida: escojo algo y pierdo algo. Un buen libro enseña muchas cosas, pero quita el tiempo para aprender otras. Una buena música puede serenar el alma, pero me aparta de tareas importantes. Salir de paseo ayuda a la salud, pero me quita tiempo que podría emplear para visitar a un familiar enfermo.

Con cada una de mis decisiones escribo partes importantes de la vida. Si elijo bien, si reflexiono a fondo antes de decidir, si tengo claro el objetivo de mi vida, será más fácil escoger bienes útiles, que vayan a lo esencial, que ayuden a construir un mundo mejor. Si escojo mal, si me dejo guiar por el capricho del momento, si dominan en mí las presiones de los otros, gastaré mi tiempo, quizá también perjudique mi salud, pero sobre todo dañaré lo más íntimo de mi alma.

Tengo ahora, ante mí, unos minutos, unas horas, un poco de vida. Si me abro a Dios, si despierto el corazón a las necesidades de mi hermano, si opto por el camino del amor, todo puede ser distinto y bello: habré empezado a vivir, entre los límites de lo terreno, un poco como se vive, eternamente, en el cielo.