“Dijeron a Moisés: «¿Acaso no había tumbas en Egipto para que nos hayas traído a morir al desierto?, ¿qué has ganado con sacarnos de Egipto? Te dijimos claramente en Egipto: Déjanos en paz, y mejor servimos a los egipcios, porque más no conviene servir a los egipcios que morir en el desierto.»” (Exodo 14, 11 – 12) 

Por, Sandra E. Rivera

Quizás al leer estos 2 versìculos del antiguo testamento. lo vemos tan lejano como si no pertenecieramos al tiempo en que se vivió la esclavitud en Egipto y la posterior liberación del pueblo de Israel dirgidos por Dios, guiados por Moisés.

El COVID 19 se me refleja todo el trayecto que se narra en el Éxodo, desde principio a fin, hemos vivido de primera mano los estragos de la pandemia, con muchas secuelas en las familias, de diferentes índoles, muy pocos han sido los que no han sido todavía tocados directamente por este flagelo, en el que no ha respetado ningún tipo de jerarquía, ni estrato social, ni racial.

La travesía que empezamos en el 2020 han sido los 40 años en el desierto, sufrimos muchos la escasez en alimentos y productos de primera necesidad en el hogar, el cierre completo del mundo y hemos sido llevados en este desierto para esa metanoia que Dios espera de cada uno de nosotros.

Recuerdo al inicio de la pandemia cuando todo se clausurò, el plan A que siempre tenemos a la mano, viajes, conciertos, fiestas, etc. empezamos a vivir en el mundo cibernético y desde ahí alimentamos la vida social en todos los ámbitos, los deseos y las lamentaciones de volver a la realidad que habíamos perdido era global, añorando “las libertades” y sintiendo el peso de “la esclavitud” a la que estábamos sometidos, los cristianos empezamos a lamentar lo que habíamos perdido, el encuentro en los templos, y deseamos volver a retomar los que estábamos congregados los grupos en los que nos reuníamos siendo iglesias.

Se nos proporcionó el maná, el agua de donde nos alimentábamos cibernéticamente en la eucaristía virtual, pero viva en el corazón a los que añorábamos recibir el cuerpo de Cristo.

Los 40 años iban en curso, y empezaron los pequeños dioses a ir ocupando los espacios que sentíamos vacíos, fuimos desplazando al que nos llevaba por el desierto, supliéndolo por el deseo de volver “a la normalidad” y en ese deseo fervoroso de que se abrieran los conciertos, los centros comerciales, los estadios, fuimos nuevamente construyendo el becerro de oro, y la imagen viva de Dios, la hemos ido desplazando por el anhelo de recuperar lo perdido.

Hoy, los templos en muchos países han vuelto abrirse, pero muchos parecen cerrados, las bancas vacías, porque los estadios las llenan, las reuniones de grupos, con mucha dificultad el coordinador, y 2 o tres mas, el resto, recuperando el tiempo de las fiestas perdidas y así vamos recuperando “la libertad” porque sentimos que salimos del encierro “la esclavitud”.

Las enfermedades somáticas por muy duras que sean, pasan a un plano secundario cuando la enfermedad espiritual empieza hacer estragos en el alma, y como el peor de los cánceres va devorando las células de la empatía, el amor, la compasión y la fe.

Tristemente el COVID 19, se quedó como un referente en la historia de otra pandemia más, las frases que atiborraban las redes sociales de, después de esto, no volveremos hacer igual, el cambio es necesario, el dolor nos está transformando y todo va a ser diferente, sin embargo, al salir de “Egipto” empezamos nuevamente con las mismos reclamos, y la forma de vida sin salir de la esclavitud interior, y aquí estamos, ya con la vacuna que nos da cierta seguridad en ir saliendo de la prisión, y vamos quebrando las tablas de la ley, poniendo todo nuestro oro, para construir los ídolos que según cada uno cree, le da la ansiada libertad y de esta manera, vamos cerrándonos como iglesia, regresando al punto de partida, otra vez a Egipto.

La esclavitud es un estado de la mente que no puede reconocer el esclavo.

(Gerry Spence)