Por: Padre Fernando Pascual

La censura busca controlar la difusión de contenidos considerados dañinos por diversos motivos. Algunos, porque van contra el derecho a la buena fama de una o de varias personas. Otros, porque difunden ideas falsas que generan reacciones peligrosas en la población. Otros, porque hay que impedir ciertas actividades ilegales.

En Internet también existe censura, que suele aplicarse con diversas modalidades. Una consiste en analizar palabras claves que permiten sospechar que el contenido de una página sería dañino o ilegal.

En ocasiones, la censura no se fija en contenidos, sino que va directamente contra las personas que publican cualquier cosa. Esta censura declara a alguien como “peligroso”, y automáticamente avisa o censura todo lo que esa persona pueda poner en la Red.

En ocasiones, las censuras contra las personas incurren en errores y en paradojas que vale la pena evitar. Si un “tuitero”, por ejemplo, ha puesto algunos tuits violentos, es lógico que merezca ser observado, sancionado y, si llega el caso, expulsado.

Pero si otro tuitero pone contenidos variados (buenos y malos), a veces se llega al ridículo de señalar como peligroso todo lo que ponga, incluso si habla de cocina, o si copia una noticia publicada por un periódico de fama internacional.

Salta a la vista que la censura bien llevada tiene que fijarse en los contenidos, y no actuar de modo indiscriminado contra todo lo que una persona ponga porque en el pasado tuvo algún comportamiento declarado como negativo.

La tentación de borrar lo que uno diga sin leerlo es grande, y caracteriza una mentalidad que está presente en no pocas dictaduras. Según esa mentalidad, las censuras, los castigos, incluso las persecuciones, no se basan en lo que uno haga, sino en lo que uno “sea”.

En cambio, la verdadera justicia se construye sobre un fundamento que merece siempre ser respetado: se interviene sobre acciones y delitos comprobables.

Por eso, no puede haber justicia cuando se actúa contra una persona simplemente por ser de una clase social, o de un partido, o de un modo de ser que en el pasado haya causado problemas.

Quienes buscan que Internet no se convierta en un espacio para difundir el odio, ni para promover la violencia, ni para manipular a la gente con mentiras dañinas, tienen que implementar modos de intervención basados en hechos concretos, no en algoritmos que automáticamente quitan o tapan lo que uno diga, sin mirar lo que realmente dice.

Evitaremos, así, casos curiosos como acusar a un usuario de poner “contenido violento” cuando en realidad acaba de poner un texto para pedir disculpas por mensajes agresivos del pasado.

Está bien la censura de lo dañino, pero siempre que sea una censura inteligente y que no actúe como apisonadora contra todo lo que puedan decir personas que, en muchas ocasiones, nos ofrecen ideas y mensajes que vale la pena escuchar en un mundo sanamente pluralista.