Por Padre Antonio Rivero

Debes empezar por hablar del sexo con normalidad, como hablaba Dios en el Génesis. Sin pintarlo como un tabú o como algo que te ponga colorado.

Presentarlo como lo que es: como uno de los grandes valores de la condición humana, como algo puesto al servicio de lo mejor que los hombres tenemos: el amor entre los esposos en orden a la vida. Un amor que Dios pondrá como símbolo y signo visible de su alianza con su pueblo y con la humanidad.

Si hablas del sexo como la parte de animalidad que tienes que soportar, ¿cómo vas a extrañarte después de que fuera de la fe, fuera de la Iglesia te hablen del sexo bajamente y riéndose? Tienes que cambiar de óptica, de enfoque: el sexo no es malo, ¿me entiendes? Es algo querido por Dios para realizar una de las facetas más importantes: el amor entre esposos, en vistas a la procreación.

¡Qué maravilla! ¿No crees? La Biblia no separa el amor humano y el amor divino, no contrapone el amor de eros1 y el amor de ágape2 . Basta leer el Cantar de los Cantares para corroborar esto que estoy diciendo, donde Dios nos describe lo que es el amor en todos los aspectos. El amor sabe integrar todos los elementos: afectivo y sentimental, amistoso y personal, espiritual y sexual, formando un precioso equilibrio humano y un verdadero encuentro personal entre dos seres, esposo y esposa.

¡Encuentro entre dos personas, y no sólo entre dos cuerpos! La Biblia, pues, no esconde este elemento maravilloso de la sexualidad. Más bien lo ennoblece y lo coloca en su justa dimensión: dentro del matrimonio tiene su profunda verdad, su encauzamiento, su finalidad y su realización. Fuera del matrimonio es un abuso y sólo es fuente de placer.

Recuerda bien: el placer no es el fin del sexo. El fin del sexo es la unión mutua y la procreación dentro del matrimonio. El placer es consecuencia de esto, y no el fin, y lo quiere Dios para el bien y alegría de esos esposos.

¿Quién mejor que Dios sabe lo que es nuestro cuerpo y la sexualidad? Él inventó nuestro cuerpo.

Él lo hizo con sus propias manos, de materia y de luz…Con su propio cuerpo puesto que vino a vivir a nuestra tierra lo rehizo para siempre y en el amor. ¿Cómo no iba a tener sobre nuestro cuerpo ningún derecho de autor? De autor y de salvador.

1. No te asustes de este término. Eros es una palabra griega que significa amor en el sentido de impulso sexual. Ya sabes que el hombre tiene que encauzar y controlar ese impulso con su razón, para que no se desboque; si no hace así, ese eros sería una fuerza ciega y destructora, como desgraciadamente estamos viendo hoy día, cuando se quiere reducir el amor a esta sola dimensión impulsiva y, en muchos casos, instintiva.

No olvides que el amor tiene estas dimensiones: amor afectivo, amor amistoso, amor espiritual y amor sexual. Todo hay que integrarlo en un todo. Junto al amor de eros, los griegos y latinos hablaban también del amor de filía, ese amor de amistad profundo que buscaba siempre el bien del otro; el amigo es un gran tesoro y “la mitad de mi alma”, decía el poeta latino Horacio.

2. Amor de ágape es el amor que Cristo nos ha traído para que nos amemos con amor de hermanos, con misericordia, bondad, paciencia, perdón.

Por eso, siempre hay que preguntar a Dios cómo comportarnos con nuestro cuerpo y con nuestra sexualidad, pues Él lo ha creado, la ha creado. ¿Y quién mejor que Él sabe lo que quiere decir amar? ¿Él, cuyo único oficio es ése, amar? Ver la sexualidad en la luz de Sus ojos, en Él, es verla cara a cara, tal y como es. Cualquier otra mirada es miope. Cualquier otro enfoque deforma la realidad. “Es obsceno lo que se detiene a mitad de camino del misterio. El erotismo es un alto en el trayecto”. El mayor favor que se puede hace a la sexualidad, dirá Jean Guitton, filósofo francés, es exponerla a la luz, y no a una luz tenue y difusa, sino a plena luz.

Cuando se la haya mirado cara a cara, habrá que sobrepasarla, después de haber ahondado en ella, para alcanzar el misterio más íntimo de la sexualidad, que es un misterio oculto en la Trinidad misma”

3 . Mientras no mires la sexualidad con una óptica eterna, no podrá ser más que una práctica pasional. Es decir, pasajera y vacía, y no mensajera de vida. Proyectar la sexualidad a plena luz es restituirla a esa aurora donde ha nacido, pues ha nacido del corazón de Dios.

 

Te invito a que contemples así todo lo relacionado con la sexualidad: con los ojos de Dios, pues Él la puso en cada uno de nosotros como un don. Ama tu cuerpo. No lo desprecies ni lo profanes. Ese tu cuerpo te ha sido confiado como inseparable compañero de camino. Cuídalo, respétalo. Ojalá pudieras decir con san Gregorio Nacianceno, un obispo del siglo IV: “Quiero a mi cuerpo como a un compañero de cautiverio.

Lo respeto como a un coheredero, pues hemos heredado luz y fuego. Compañero de fatigas del que cuido; lo quiero como a un hermano por respeto a Aquel que nos ha reunido”. ¡Qué maravilloso es nuestro cuerpo! Lo más fantástico, lo más inaudito, lo más increíble, lo más inconcebible es que, mediante ese cuerpo, puedes hacer existir a alguien, a una persona que no ha existido todavía, y que existirá siempre, siempre…Y además hacerlo en un acto en el que se expresa y se entrega tu corazón, en el que tu cuerpo es el lugar de encuentro del amor y de la vida.

¿Cómo no dar gracias a Dios por esto? Nada hay tan hermoso, tan grande, tan conmovedor como la eclosión de una vida. Misterio que nos fascina, nos desconcierta, no nos cabe en la cabeza, nos deja estupefactos, nos maravilla. Sólo Dios podía inventarlo. ¿Cómo no lo vas a cuidar con respeto y usarlo para lo que Dios quiso? Cuídalo. No lo fuerces. No lo violentes. Acéptalo tal y como se te ha confiado. El amor total es amar con alma y cuerpo. Tu cuerpo tiene que ser, pues, vehículo de tu alma para expresar el amor, la ternura, la entrega total.