El P. Jacinto participó en unas conferencias sobre el tema del cerebro y su relación con la conciencia y el espíritu. Como los demás participantes, recibió un cuestionario con diversas preguntas.

Una de las preguntas era sencilla y difícil: había que imaginar, como polos opuestos, el momento de mayor felicidad (que recibía el número 5), y el de mayor infelicidad o dolor (que recibía el número -5). En la escala que iba del 5 al -5, había que escoger un número para valorar lo que habría sido el nivel de felicidad de las dos últimas semanas.

El P. Jacinto, después de pensarlo un poco, escogió el número 2. Era algo positivo, pues estaba por encima del 0 y, por lo tanto, en la zona de quienes creen gozar de algo de felicidad. Pero luego sintió un poco de pena, pues notaba que le falta mucho para llegar al 5, a un momento de máxima felicidad, de plenitud, de gozo intenso y profundo.

Al llegar a casa, volvió a pensar sobre su respuesta. ¿Por qué no pudo poner un 5? ¿Qué le faltaba para llegar a ser plenamente dichoso?

La pregunta, después de más reflexiones, no le pareció correcta. Sintió que su vida no estaba destinada a gozar, a pasarlo bien, a evitarse problemas, a huir de los sacrificios. Si era sacerdote, si quería tomarse en serio el Evangelio, había que pasar por la prueba de la cruz y del sufrimiento. Y eso “duele”.

Entonces, surgió otra pregunta: ¿ser cristiano significa escoger la renuncia a la felicidad? Decir que sí iría contra las Bienaventuranzas: el que vive el Evangelio es feliz. Entonces, ¿por qué no pudo poner un 5 en el test?

Recordó unas frases de la “Vida” o Autobiografía de santa Teresa de Jesús. La santa de Ávila explicaba cómo los corazones que buscan la oración no pueden fijarse sólo en analizar si son felices, si están a gusto, si se sienten satisfechos. Lo importante, en el camino de la oración, es contentar al Amado, es fijarse en Dios.

Por eso, concluyó el P. Jacinto, el objetivo de su vida, como el objetivo de la vida de todo cristiano, no consiste en poder anotar un hermoso 5 en la escala de la felicidad inmediata y terrena, sino en ver si está contento Dios con la propia vida, si cumplimos su Voluntad, si buscamos el bien de los hermanos.

A veces, el P. Jacinto lo tuvo que reconocer, seguir a Dios crea problemas, lleva a peligros, expone a las críticas del mundo. Pero uno no decide que va a trabajar por Cristo para sentirse cómodo y seguro, sino para darlo todo, incluso con el riesgo de contraer la lepra (como el Padre Damián de Veuster), o de contagiarse en un hospital, o de ser insultado en el metro, o de padecer por las incomprensiones de familiares y conocidos.

Habría que preparar, entonces, otro test. La pregunta no estaría centrada en el grado de la propia felicidad, sino en el grado de amor a Dios y al prójimo.

En estas dos semanas, ¿he dado lo mejor de mí mismo para amar a Dios y a los hermanos? Si luego uno es feliz o no es feliz, queda todo en manos de Dios. Y como Dios es bueno y generoso, seguro que no dejará de ayudar y de sonreír a quien busca dar un “sí” al amor en las distintas situaciones de la vida.