Desconectarse,

para conectarse

Dios, que te creó sin ti, no te salvará sin ti.” (San Agustín)

Autor: Sandra E. Rivera.

En el vasto y solitario caos del universo, el amor, empezó a revoletear en esos misterios, entre danzas de átomos y células que cobraron vida, ante el mandato de una voz, que empezó a organizar perfectamente la inercia de la naturaleza, dándole vida a las leyes que hoy la rigen.

Y, en la ilimitación del poder divino, Dios sabía que a todo lo creado, le faltaba una música, para que se interrelacionara con los movimientos, los colores, los sonidos, que estaban puestos en exclusividad para su obra maestra, «El hombre» y así con la culminación de su obra, vio y dijo, que lo que había hecho era muy bueno.

Sin embargo, el hombre, a pesar de haber nacido del amor, en su interior, revoleteaba inconscientemente el caos inicial de la creación, optando por él, antes de elegir la paz y armonía de un paraíso que era propiamente diseñado para él, y es desde entonces que el hombre se da cuenta que su racionabilidad está por debajo de la pasión, como lo cita Alexander Halmiton: «Los hombres son animales razonables regulados por el impulso de la pasión.»

Por un segundo de distracción, ante lo bueno y lo malo, la concupiscencia  de la carne, nos puede llevar a inclinarnos ante aquello, que al razonarlo después, nos dirige a la pérdida del paraíso.

Irónicamente, al referirnos a los animales como seres irracionales, vemos que definitivamente la racionabilidad del hombre, queda en una agraviada vergüenza antes estas criaturas, que únicamente actúan por instinto para su supervivencia, mientras que el  hombre en sus 5 sentidos, premedita  y actúa con alevosía con el propósito de destruir, no de sobrevivir.

Existe tanta belleza extraordinaria en nuestro mundo, un perfecto hogar nos regaló el Señor, para poder contemplar desde principio a fin su creación maravillosa, solamente es volcar nuestra mirada a nosotros mismos, y dilucidar que somos esa obra perfecta, que estamos sincronizados, mente, alma, cuerpo  y con todo lo que existe, la naturaleza, puesto que somos naturaleza, sin embargo, como lo decía el escritor Albert Camus, «El hombre es la única criatura que rechaza ser lo que es»

Si observamos, como la competencia, es una de esas armas, en que queremos no ser, lo que somos, sino tener lo de los demás y superarlos, la envidia, es producto, de lo que aborrecemos en nuestro interior, nuestro «yo», por desear ser como otro, y así sucesivamente vamos perdiendo la idiosincrasia, la huella con la fuimos creados, por vivir, vidas ajenas.

¿Qué nos toca hacer, como seres racionales? dejarnos encontrar, tal como lo dice, San Agustín, Dios no nos puede salvar, sino permitimos ese encuentro, el busca todos los medios para rescatarnos una vez más, del desenfreno del que somos objetos, en la lucha de ser cazadores todo el tiempo, puesto que al darnos cuenta de la libertad, que Dios nos otorgó, vivimos en una constante búsqueda, sin embargo el alma superior de la que estamos hecho, en un momento, en que accedamos, nos unirá a Dios,  ese momento crucial al abandonar el ego, y permitamos que el tesoro de la humildad, nos lleve a converger, con ese espíritu, que está hecho de un soplo divino.

La clave para este encuentro, es desconectarse de lo irracional, para conectarse con la racionabilidad, con la que fuimos creados.

En el encuentro personal, está totalmente ligado con el encuentro con Dios, porque el alma con vacíos, llenados con lo del mundo, no podrá llenarse nunca, hasta que no exista esa fusión con el creador, por ello la importancia, de desapegarse, de lo que nos aleja de él, desconectarse totalmente para llegar al culmen de ese único y privilegiado encuentro, hasta vivir por fin, la quietud, en la verdad y la razón. 

 «Nos hiciste para Ti y nuestro corazón está inquieto, hasta que descanse en ti» 

(San Agustín)