Por: Fernando Pascual

Una epidemia, una crisis económica, un aumento de la criminalidad, explican el surgimiento de dos miedos que, luego, provocan deseos y comportamientos que pueden ser antagónicos.

El primer miedo es el que surge ante el peligro: saber que hay un virus que gira sin control, que provoca una enfermedad seria, que lleva a la muerte a miles de personas, genera angustia, ansiedad, deseos de protección.

El segundo miedo, que puede convivir con el primero, nace ante las decisiones que se toman para afrontar un peligro. Así, si la prensa, la mayoría de las personas, los políticos, promueven fuertes medidas de control para evitar daños de la epidemia, algunas personas temen perder su libertad o sucumbir bajo formas más o menos serias de totalitarismo.

Es cierto que el miedo ante un peligro lleva a buscar cómo evitarlo, incluso con medidas que pueden ser radicales. Pero la historia nos recuerda que el miedo puede llevar a decisiones que vulneran derechos fundamentales o que provocan más daños que beneficios.

El segundo miedo, normalmente, busca superar el riesgo anterior, pero puede llevar a otro riesgo. Quienes no desean perder la propia libertad, pueden presionar tanto a las autoridades a no tomar medidas eficaces, que una enfermedad grave podría difundirse rápidamente hasta colapsar casi por completo la vida social.

Ante cualquier situación que implique amenaza, peligro, daño, es bueno mantener una buena dosis de sangre fría para tomar medidas que sean beneficiosas en un sentido completo. Es decir, que no lleven a excesos de intervención ni a inhibiciones que luego muchos lamenten.

Por eso, hay que saber encauzar los dos miedos que surgen en estas situaciones y que se cruzan entre sí, para lograr un equilibrio basado en la justicia, en la atención a los problemas en su integridad, y en la escucha de las opiniones razonables de la gente.

De este modo, se evitará que el miedo ante el peligro, llevado hasta lo patológico, llegue a desembocar en una asfixia casi completa de la vida y de los derechos de las personas.

Se evitarán también los posibles daños del miedo opuesto, que surge cuando la gente está asustada al creer que perderá sus derechos, y que en ocasiones genera desconfianzas irracionales hacia los científicos, los políticos, los médicos, que necesitan el apoyo de la sociedad para afrontar serenamente situaciones de alto riesgo.

Lo correcto sería no abusar de estos dos miedos, pero sí encauzarlos para que el primer miedo permita tomar en serio un peligro para actuar con los medios más eficaces; y el segundo miedo ayude a las autoridades a escoger medidas prudentes y respetuosas de los derechos fundamentales y de las dimensiones necesarias para que toda vida humana sea respetada en su dignidad.