“Existen ciegos, que les molesta la luz, con solo el hecho, de

saber que existe”  (Sandra E. Rivera)

Por, Sandra E. Rivera

El mundo es una enciclopedia, en la que no terminamos nunca de leerla y aprender lo escrito, solamente la práctica, esas vivencias de lo que se lee, es cuando entonces saboreamos un poco de lo que se ha dicho, sin embargo, en muchos casos ni aun la experiencia en carne propia deja lecciones de aprendizaje y se retorna a caminar por la misma vía ya transitada, repitiendo la historia reiteradas veces.

El hombre por naturaleza tiene un caos en su interior, a pesar de haber sido creados con el perfecto amor, no obstante, en la búsqueda de Dios como lo afirma San Agustín” Tú nos has creado para ti, y nuestro corazón no está quieto hasta que descanse en Ti”.

De tal manera los que aun no lo encuentran van por la vida sembrando y cosechando semillas y frutos insustanciales.

De cierto modo, a este grupo de personas se le pueden entender sus vacíos y la perdida del sentido de la vida, porque aun su corazón no reposa en la tranquilidad que suscita el creador al abandonarse a su misericordia.

Lo inaudito, somos el otro grupo, “que hemos encontrado a Dios” pero la ansiedad y la incertidumbre aun mora en el interior, buscando a echar raíces para arraigarse en tanto cuanto la vida nos presenta, habiendo destellos de luz en momentos donde reconocemos la presencia de Dios en nuestras vidas y tenemos la certeza de que nada es para siempre, que la cruz un día se vencerá con la muerte y el paso a la vida que nos espera después, pero estos son solamente destellos que se desvanecen con la oscuridad que suscita  el apego a la misma vida.

En este transcurso de la búsqueda y el encuentro con la verdad, juega un papel importante la superficialidad o lo profundo de la fe, con que afrontamos el día a día, y en este ir y venir cotidiano, en el que aprovechamos o desaprovechamos las oportunidades de crecer en virtudes, es cuando podemos darnos cuenta con el examen de conciencia, en esos momentos de encuentros con el yo, de evaluarnos en el   tránsito   de las vivencias, ¿Cómo son nuestras actitudes con los demás?, que es donde podremos valorar la misericordia que debemos aprender del padre, pero si la caridad esta ausente de nuestra agenda personal, muy difícilmente podrá nuestro corazón, vivir la esperanza y la fe, porque estas 3 virtudes están concatenadas una de la otra.

Es fácil encontrarse con el obstáculo mayor del hombre, la soberbia, en la que se desliza constantemente, siempre colocándose en primera plana, ​como titular y protagonista de la vida, obviando los subtítulos en Letras minúsculas que quizás tienen realmente el contenido de valor, mucho mas que solamente el titular.

Muchas veces, caemos en el fatídico error, de creer que ya encontramos a Dios, y por ende todo lo que hacemos  “en su  nombre” está correcto, logrando ser, nada mas que sepulcros blanqueados, porque la lucha es diaria y continua en el crecimiento y el conocimiento de la verdad, mientras mas cerca creemos estar de Dios, mas distancia estamos colocando porque no se aplica la humildad, a diferencia del publicano que se sentía indigno de estar en el templo acusándose como un pecador.

Lo cierto es que Dios nos regala en cada minuto la oportunidad de  ser mejores personas, de ser, humanos, pero minuto a minuto vamos destrozando las posibilidades de ser santos, porque pesa mas en la balanza el   ego, el deseo   protagónico, siendo capaces en nuestra ceguera molestarnos con la luz de otro, y no de contemplar el silencio y la belleza del brillo que nos envuelve en la paz que produce Dios, a través de aquel que no queremos ver brillar.

La clave esta entonces en despojarnos del hombre viejo y transformarnos como las orugas a  mariposas, revestidos de belleza interior para dar espacio a que los rayos de luz se difuminen a través de nuestras alas, para que vuelen de jardín en jardín recreando el paraíso al que una vez renunciamos.