Por: Fernando Pascual

En ocasiones, resulta útil imaginar lo que diría y haría un observador imparcial frente a problemas y decisiones que tomamos sobre asuntos personales, o sobre lo que se refiere a relaciones con otros.

Así, por ejemplo, antes de responder a quien nos ha ofendido, podemos preguntarnos: ¿qué diría alguien que viese la escena desde fuera? ¿Daría importancia a la ofensa, la dejaría a un lado?

Sin embargo, cuando imaginamos a ese observador (o espectador) imparcial, incurrimos en una ficción que tiene algo de verdad, pero que también resulta vulnerable.

La parte de verdad es que uno que está “fuera”, podría ver los hechos con cierta serenidad, con la suficiente distancia como para analizar la situación de modo objetivo, tal vez más completo.

Al mismo tiempo, hay posibles deficiencias.

La primera:

Lo que le afecta directamente a uno nunca podrá ser comprendido del todo por alguien ajeno a lo que pasa, por quien no se siente ni herido, ni ilusionado, ni alterado por lo que ocurre y lo que haya que decidir.

La segunda:

Todo observador supuestamente imparcial está situado en un modo de pensar y de sentir que entrará en su visión subjetiva de analizar y proponer algo a quienes le pedimos una opinión supuestamente objetiva.

Ciertamente, cuando invitamos a un observador externo a darnos una ayuda, imaginamos que será honesto y que buscará el mejor modo de ver las cosas y de ofrecer alternativas útiles.

Pero su buena voluntad no impide que tenga criterios personales, incluso reacciones emotivas, que le afecten cuando analiza lo que se le propone, y cuando expone posibles modos de actuar.

Por más que se esfuerce, esa persona a la que pidamos mirar las cosas desde fuera, nunca será totalmente objetiva. Solo existen observadores imparciales en los mitos.

Queda un último punto que conviene recordar: el observador supuestamente imparcial nunca puede suplir la responsabilidad de quien se siente interpelado, en primera persona, a tomar sus propias decisiones para su propia vida y para las vidas de otros.

Por eso, será bienvenido todo observador externo que ayude, con sencillez, pero también consciente de sus propios modos de pensar, a quienes le pedimos un consejo.

Luego, llegará el momento en el que cada uno tomará sus decisiones, que podrán estar o no estar de acuerdo con lo que proponga el observador imparcial, pero que serán buenas si ayudan a avanzar un poco hacia lo verdaderamente importante: amar más a Dios y a los hermanos.