Por, Sandra E. Rivera

La noche va cayendo, y muchos en las calles van buscando lugares para indigentes, en los que aun haya algún espacio para dormir, otros en sus cartones tirados debajo de los puentes, los que suerte han tenido de encontrar un espacio oculto, el resto durmiendo en las aceras o bancas de las paradas de los buses.

En otros sitios, varias mujeres de maquillaje prominente y faldas cortas, ajustadas, con un cigarro en la mano, se ofrecen a los transeúntes que ya saben que ahí las encontrarán.

Por otro lado, padres llorando a sus hijos que han abandonado el hogar malgastando sus dones, perdiendo con ellos el confort de sus casas, durmiendo quizás en esos cartones antes mencionados perdidos en el alcohol o la droga.

En muchos sitios, usureros haciendo dinero de la pobre gente que busca un servicio, aprovechándose de sus necesidades.

Y en otras partes, algunos, bien vestidos llegando a la iglesia para alabar a Dios, pasando de largo a los que duermen en el suelo, a la mujer que vende su cuerpo, al niño hambriento, a la viuda que se quedó con 4 hijos que mantener sin sustento, al cabeza de familia que lo despidieron del trabajo.

Y así vamos pasando de largo, porque la prisa no deja voltear a ver a los leprosos, a la Samaritana, a la Cananea, al paralítico, al ciego, al sordo.

Mientras hoy, estamos leyendo las escrituras en un contexto lejano, con asombro de la valentía de Jesús, en aquellos tiempos, que defendió a la mujer que iban apedrear, que almorzó con los usureros, que tocó a los intocables, y que retó a los que iban siempre iban al templo, para buscar a Dios, mientras lo vamos dejando tendido por donde se va pasando.

Vemos la cruz frente a nuestros ojos, y visualizamos a un Jesús, ensangrentado, adolorido, víctima de quienes no tenían corazón, pero hoy, con la misma animadversión lo azotamos, con la envidia, indiferencia, egoísmo, odios, resentimientos, con nuestros silencios injustos para no reclamar justicia, con nuestras voces alteradas para ofender al débil.

Y condenamos a Pilatos, a Judas, al Sanedrín, y Jesús, me pregunta ¿Acaso no te he pedido un pedazo de pan? ¿Un abrigo, alojamiento, una palabra de consuelo, caridad, amor, piedad, comprensión?

Nos encontramos con Jesús a cada segundo de la vida, y lo seguimos buscando, mientras lo perdemos en cada acto en el que podemos sentirlo presente, Jesús no estuvo en la cruz en hace mas de dos mil años, a El lo estamos crucificando las 8700 horas de los 365 días.