Por: Pbro. Santiago Mejía

Ser y estar. Parecería una lección de gramática. La diferencia entre las dos incluso se te hace algo obvio. Pero si te preguntara: ¿y la diferencia entre ser y estar feliz? Es una pregunta un poco incómoda. Tienes que entrar a lugares en tu corazón que han conocido errores, sufrimiento y arrepentimiento. ¿Cuántas veces te fuiste con la finta de estar feliz?

Basta abrir el Facebook, Insta o prender la tele por unos minutos para ver cómo nos proponen estar feliz hoy. Sonidos, colores, piel desnuda, tragos y bebidas…todos prometen tanto y efectivamente se ve a personas que están feliz. Si te pones a pensar, el tema de la felicidad realmente dirige muchas de tus decisiones, un profundo anhelo que no podemos escapar.

Este ejemplo del Papa lo dice todo: “Si yo debo hacer las tareas del colegio y nos las hago y me escapo…es una elección equivocada. Y esa elección será divertida…pero no te dará alegría.”

¿Cómo puedo diferenciar entonces entre “felicidades” que me propone el mundo y los que propone Dios? Podríamos agrupar la felicidad en cuatro grupos: placer, felicidad comparativa, contributiva y trascendental.

El placer lo conocemos muy bien. Es el más atractivo y fácil de adquirir. Pero es también el más fugaz. Va y viene…depende del antojo y el sentimiento, no es fundamental ni necesario pero cuánta gente se pierde buscándolo.

La felicidad comparativa es la que se nutre de la comparación con los demás. “Yo sí tengo el I-phone 6s.” “A mí sí me invitaron de chambelán a los quinces.” “Yo soy comadre de…” Este tipo de felicidad también nos tambalea. Depende demasiado de circunstancias temporales,  del momento, de situaciones externas a mí mismo. Es un constante bajar y subir de fotos en las redes sociales para que me vean, me opinen, me digan que aman, me pongan un “like”.

La felicidad contributiva es un poco más serio. Es la que sentimos al hacer algo por los demás, al contribuir al bien estar del otro. Aquí ya entramos en lugares más profundos, en un ser feliz de verdad. Es una felicidad que se nota en los rostros de los misioneros que dedican una Semana Santa a servir en un pueblo perdido de un Sierra recóndita. También es lo que sentimos al atinarle a un buen consejo para una amiga o un hijo.

La última categoría propuesta de felicidad: la trascendental. Estas ya son palabras mayores y tocan la fibra misma de ser ser humano. La Verdad, Justicia, Belleza, Amor, o el tan importante Hogar. Son las más difíciles de hallar en las “cosas del mundo” de la farándula y las redes sociales. Cuando un aspecto va mal…por muchos placeres que busquemos para tapar el hueco, no se encuentra la paz y felicidad verdadera.

¿Cómo empezar entonces? Una palabra: conócete. Pero conócete con sinceridad. Reconoce en cuál felicidad está puesto tu corazón. El primer paso para encontrar la felicidad es saber qué tipo de plenitud se busca. Es un camino, un reto, un ejercicio constante pero sí se puede lograr…sí podrás saciar esa sed profunda del alma y decir: Soy feliz.