El orgullo de quienes no pueden edificar es destruir.

(Alejandro Dumas)

Por, Sandra E. Rivera

Es realmente insólito que ningún tipo de tragedia personal, o global pueda en algunos de nosotros los seres humanos lograr apaciguar el corazón, de cierta manera sucede el efecto contrario y es endurecerlo, en tiempos de pandemia, deberíamos estar concentrados en el cambio personal, en pulirnos en nuestras virtudes y trabajar en los errores para estar preparados para nuestra lista de espera, sin embargo, hacemos totalmente lo contrario, y usamos lo bueno para transformarlo en un arma de destrucción moral en los individuos.

El internet ha venido a contribuir de gran manera en nuestra sociedad para avanzar en el progreso en todos los sentidos, ¡eso no cabe la menor duda!, y lo podemos valorar, los que crecimos en la era de la biblioteca, de la investigación profunda en el escudriñamiento de los libros, para poder obtener una respuesta a un sin números de preguntas de las cuales seríamos evaluados, podemos nosotros los que crecimos en la época del telegrama, de la carta por correo, que se demoraba, para poder darnos cuenta de la situación de un ser querido, o del periódico donde no alcanzaba tanto amarillismo, para atiborrarlo de página a página.

No obstante, en estos últimos tiempos, desde el “progreso” en el que estamos sumergidos, en el incremento acelerado de las redes sociales, que cada vez se van sumando más, para ahogarnos en esa nube de noticias, unas de medias verdades y las otras de completas mentiras y calumnias.

Eurípides de Salamina, decía que: “Más celos da a la maldad la virtud que el vicio”. Lo es, tan cierto, que las almas turbias llenas de envidia y resentimientos, se escudan en la cobardía, enmascarando “sus verdades” en comentarios tan mal intencionados que matan sin balas.

Cuantas veces hemos leído de todas las acusaciones al Santo Padre, a todos, ninguno se ha escapado de ser acribillado bajo acciones sucias, tergiversando lo que han dicho sacándolo de contexto para acomodarlo a sus conveniencias o inventando falsas acusaciones en sus vidas, ensuciándolas con las mas perversas de las calumnias.

El espiral del odio va en ascenso, como en descenso, desde las mas altas esferas hasta las mas pequeñas, como lo mencioné antes, desde el Papa, hasta los clérigos, desde el clero, hasta el sacristán, desde el sacristán hasta el laico, que sirven sin ningún interés económico ni personal. Pero ahí es donde está el fondo de la situación, como decía Eurípides, los celos que produce la virtud, es motivo suficiente para inventarse cualesquiera infamias contra un ser humano que vaya tocando la medula del orgullo, como también decía Alejandro Dumas, aquel que no puede edificar, entonces destruye, y lo hace con tanta fuerza y de tal manera que usa una daga de doble filo para poder llenar su vacío y saciar su sed de venganza contra la vida, volcando toda la energía en la destrucción, si por el contrario se canalizara en la otra vía, con la misma fuerza que daña, edificaría , lograría ser un ser humano potencialmente, constructor de vida.

La lección que debemos aprender de todo esto es valorar de donde salen las cosas y con cual intención, creo que la observación es de gran ayuda para conocer la fuente de aquello que nos quiere inquietar, y bien lo decía el Filosofo Sófocles “Al hombre perverso se le conoce en un sólo día; para conocer al hombre justo hace falta más tiempo”.

Tenemos entonces la medida exacta para discernir entre la verdad y la mentira, es mas fácil conocer la perversidad que lo virtuoso, porque el “bien no hace ruido”, decía San Francisco de Asís, el mal llama la atención en toda su expresión.

Toca en estos tiempos de bombardeo cibernético, usar la pinza de la discreción y catar, seleccionar, las palabras antes de ingerirlas, porque quizás lleven veneno sin antídoto, pudiendo quedar atrapados en las manos de pescadores, que luego nos lancen a las fauces de los tiburones.