Por: Fernando Pascual

El sacrificio nos asusta. Lo vemos como pérdida, como daño, como obstáculo a la propia realización. Lo evitamos porque nos sentimos débiles, incapaces de afrontar el sufrimiento.

Sin embargo, hay otro modo de ver el sacrificio. Si lo relacionamos con el amor, si lo vemos como parte de una entrega a Dios y a los demás, el sacrificio empieza a tener sentido, incluso a parecer necesario.

Es cierto que muchas veces el amor está acompañado por la alegría y por la belleza de tantos momentos maravillosos en familia, entre amigos, incluso ante un compañero de viaje.

Pero también es cierto que el amor, precisamente porque busca lo mejor para aquel a quien amamos, está disponible a la renuncia, sobre todo cuando hay que apoyar al enfermo, al débil, al pecador.

Por eso, el amor acoge aquellos sacrificios que surgen cuando la ayuda al otro implica poner en riesgo mi tiempo, mis bienes, incluso la salud y la misma vida.

“Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos” (Jn 15,13). Esas palabras de Cristo no son solamente una enseñanza. Son un testamento, porque Cristo se ofreció en sacrificio porque amaba.

“Por eso me ama el Padre, porque doy mi vida, para recobrarla de nuevo. Nadie me la quita; yo la doy voluntariamente” (Jn 10,17‑18). Así ama el Maestro: hasta el sacrificio completo de Sí mismo.

Ello explica por qué san Pablo puede exhortar a los cristianos de Éfeso: “Sed, pues, imitadores de Dios, como hijos queridos, y vivid en el amor como Cristo os amó y se entregó por nosotros como oblación y víctima de suave aroma” (Ef 5,1‑2).

Los cristianos, pues, podemos unir los sacrificios de cada día, que surgen desde el amor, al sacrificio único y supremo de quien más nos ha amado, Jesucristo.

“El único sacrificio perfecto es el que ofreció Cristo en la cruz en ofrenda total al amor del Padre y por nuestra salvación (cf. Hb 9,13‑14). Uniéndonos a su sacrificio, podemos hacer de nuestra vida un sacrificio para Dios” (“Catecismo de la Iglesia Católica”, n. 2100).

Este día, como tantos otros días, habrá pequeñas o grandes oportunidades para amar, incluso con la “pérdida” de parte de nuestro tiempo, de nuestros sueños, de nuestros bienes.

La “pérdida”, sin embargo, es ganancia. Porque todo sacrificio que surge desde el amor y nos lleva a amar más, nos une al corazón del Padre, que es Amor y que nos invita a la plenitud completa de quienes viven y mueren para amar.