“Los hombres se fijan a sí mismos su precio, alto o bajo, según les parece, y cada uno vale el precio en que se estima. Valórate como hombre libre o esclavo, que esto no depende más que de ti.”

(Epicteto De Frigia)

Por, Sandra E. Rivera

El 2020 fue un año que ya está en la historia como un detonante de cambios, en todos los sentidos en la humanidad, será el referente como los otros años de pestes, esclavitud,   emancipación  y   sucesos   importantes   a   través   del   tiempo,   el   2020   a diferencia   de   los   otros,   se   ha   vivido   una   desgracia,   “en  comodidad”   ya   que   el encierro al que se sometió el mundo estuvo sustentado por la tecnología que de cierta manera mantuvo la unión entre los sectores, y no hubo una incomunicación total,   a  excepción   de   los   muchos,   de   los   miles,   que   estaban   en   un   hospital   en cuidados intensivos.

De   esta   manera,   tomando   el   2020   como   referente   en   el   sufrimiento   de   esta pandemia, en el que de 10, 9 hemos sido afectados directamente, hemos sentido entonces el dolor de padecer o tener a un familiar o amistad enfermos o quizás ya muertos, podemos entonces desde esta perspectiva mirar un poco mas afuera de esta burbuja en la que estamos sumergidos mundialmente, y salir un poco de ella, y abrir los ojos a “las demás pandemias” en las que vivimos diariamente y hacemos caso omiso de ellas, una de las mas letales y dolorosas es la adicción a la droga, alcohol, etc.

Generalmente la mayoría de nosotros los humanos somos empáticos cuando hemos sufrido   algo   similar,   de   lo   contrario   la   indiferencia   es   una   de   nuestras   corazas, porque vemos el fuego en el otro patio, sin embargo, perdemos la noción, que una mínima chispa de ese fuego también puede incendiar nuestra propia casa.

Nadie está exento de atravesar una tragedia de esta índole, dentro de las muchas que existen en este mundo, aquí no es de raza, estatutos sociales, educación, no podemos   hacer   un   estereotipo  de   que  sucede  únicamente   en   los   estratos   más vulnerables donde hay ignorancia y pobreza, desgraciadamente esto sucede, hasta en   las   mejores   familias,   como   pasa   igual   con   la   violencia   doméstica,   en   las   que algunas lo disimulan con un buen maquillaje a diferencia de las que no tienen como ocultarlo.

Generalmente   se ve al adicto, como una escoria, una persona sin valores ni dignidad,   y desde  ese ángulo los visualizamos y es   el tratamiento que reciben, ignorando   la   lucha interna en   la que viven, suficiente sufrimiento padece, como para sumarles el desprecio nuestro.

Lo triste de todo esto, es que no hacemos nada para ayudarlos, ni a ellos ni a las familias, que también son víctimas de críticas, sin saber a fondo el problema porque surgió, ya que siempre la gente cree que estas personas caen en estas adicciones, por problemas disfuncionales en las familias, y toda regla tiene su excepción, no siempre es así, por lo tanto, creernos jueces de todos los casos, nada mas nos hace sumar a las estadísticas de la indiferencia ante el dolor.

Es verdad que en situaciones como esta, la única persona que tiene en sus manos la solución es el adicto, porque depende de una decisión empezar el cambio, puesto que   son   esclavos   de   su   propia   mente,  de   su   propio   yo,   pero   también   podemos darles   el  apoyo   moral   para   no   hacerlos   sentir   mas  desgraciados   de   como   se sienten, o de seguir haciendo estereotipos y sumándole mas dolor a las familias que tienen suficiente padecimiento al ver morir a su ser querido, en cuenta gotas, creo que cuando nos llamamos cristianos, estamos en la obligación de tratar de  ver con los ojos de Jesús, así como miró al leproso, al paralítico, al ciego, a la samaritana y a todos   los   desvalidos   a   los   que   iba   sanando   con  tocarlos,   y   con   una   palabra   de redención.

No podremos quizás erradicar el problema, pero al menos podemos dar una palabra de aliento, y quizás ser ese Cirineo que ayuda un poco a llevar la cruz. “Al contemplar aquel gran gentío, Jesús sintió compasión, porque estaban decaídos y desanimados, como ovejas sin pastor.” (San Mateo, 9, 36)