En el contexto social actual, marcado por una lucha dramática entre la “cultura de la vida” y la “cultura de la muerte,” debe madurar un fuerte sentido crítico, capaz de discernir los verdaderos valores y las auténticas exigencias.

Damos a conocer este Plan pastoral para actividades provida: Una estrategia en favor de la vida para expresar “una confirmación precisa y firme del valor de la vida humana y de su carácter inviolable, y, al mismo tiempo, una acuciante llamada a todos y a cada uno, en nombre de Dios: ¡respeta, defiende, ama y sirve a la vida, a toda vida humana!”. (El Evangelio de la vida, no. 5).

Como pastores y maestros, proclamamos que la vida humana es un don precioso de Dios; que cada individuo que lo recibe tiene responsabilidades hacia Dios, hacia sí mismo y hacia los demás; y que la sociedad, mediante sus leyes e instituciones sociales, debe proteger y cuidar la vida humana en cada etapa de su existencia. Estos principios provienen de la razón y del testimonio constante de nuestra fe de que “la vida desde su concepción ha de ser salvaguardada con el máximo cuidado”, (Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual, no. 51) una doctrina que ha sido parte constante del mensaje cristiano desde la era apostólica.

1. Ética coherente de la vida
Ética coherente de la vida

Hay un amplio espectro de cuestiones relacionadas con la vida humana y con la promoción de la dignidad humana. Como nos lo ha recordado el Papa Juan Pablo II: “El servicio de la caridad a la vida debe ser profundamente unitario: no se pueden tolerar unilateralismos y discriminaciones, porque la vida humana es sagrada e inviolable en todas sus fases y situaciones. Es un bien indivisible” (El Evangelio de la vida, no. 87).

Entre los importantes aspectos relacionados con la dignidad de la vida humana de los que se ocupa la Iglesia, el aborto necesariamente juega un papel central. El aborto, la eliminación directa y voluntaria de un ser humano inocente, es siempre gravemente inmoral (El Evangelio de la vida, no. 57); sus víctimas son los miembros de la familia humana más vulnerables e indefensos. Es imprescindible que quienes han sido llamados para servir a los más pequeños entre nosotros presten atención y den prioridad a esta cuestión de justicia.

Este enfoque y el compromiso de la Iglesia con una ética coherente de la vida se complementan mutuamente. Una ética coherente de la vida, que explica la doctrina de la Iglesia a nivel de los principios morales—lejos de disminuir la preocupación ante el aborto y la eutanasia, o de considerar que todas las cuestiones relacionadas con la dignidad de la vida humana son equivalentes—reconoce, en cambio, el carácter distintivo de cada cuestión, a la vez que otorga a cada una su lugar apropiado dentro de una visión moral coherente. Como obispos de los Estados Unidos, hemos escrito cartas pastorales sobre la guerra y la paz, sobre la justicia económica, y otros asuntos que afectan la dignidad de la vida humana—y hemos implementado programas para fomentar el testimonio de la Iglesia en estas áreas a través de parroquias, escuelas y otras instituciones de la Iglesia (por ejemplo, Comunidades de Sal y Luz [1994]; y Compartir la doctrina social de la Iglesia [1998]). Tomadas en su conjunto, estas diversas declaraciones pastorales y programas prácticos no constituyen meramente una colección de iniciativas desconectadas, sino una estrategia única de apoyo a toda la vida humana en sus diversas etapas y circunstancias.

Concentrarse en la maldad de la eliminación deliberada del aborto y la eutanasia no significa ignorar las otras muchas condiciones urgentes que degradan la dignidad humana y amenazan los derechos humanos. Oponerse al aborto y a la eutanasia “no excusa indiferencia hacia los que sufren a causa de la pobreza, la violencia y la injusticia. Cualquier política por la vida humana deberá resistir la violencia de la guerra y el escándalo de la pena de muerte. Cualquier política de la dignidad humana deberá seriamente dirigirse a estos problemas: racismo, pobreza, hambre, empleo, educación, vivienda y cuidados de la salud”. Rogamos que los católicos aboguen por los débiles y los marginados en estas áreas. “Pero estar en lo ‘cierto’ en tal es asuntos nunca puede ser una excusa para una mala decisión con respecto a ataques directos a una vida humana inocente. En verdad, el fallo en proteger y defender la vida en sus etapas de más importancia hace que otras posturas ‘correctas’ en asuntos que afectan a los más pobres e indefensos de la comunidad humana se vean con sospecha” (Vivir el Evangelio de la vida, no. 23).

2. Innumerables amenazas contra la vida humana
Innumerables amenazas contra la vida humana

¿Dónde comenzar? Hoy en día, cuando se proclaman solemnemente los derechos humanos y se afirma públicamente el valor de la vida humana, el más básico de los derechos humanos, “el derecho mismo a la vida”, “queda prácticamente negado o transgredido, en particular en los momentos más emblemáticos de la existencia, como son el nacimiento y la muerte” (El Evangelio de la vida, no. 18). A veces, situaciones muy difíciles y hasta dramáticas pueden generar decisiones en contra de la vida, circunstancias que pueden atenuar la culpabilidad personal de quienes eligen salidas que son intrínsecamente malas. Pero tal como lo señala el Papa Juan Pablo II, en la actualidad el problema va aún más allá: “Está también en el plano cultural, social y político, donde presenta su aspecto más subversivo e inquietante en la tendencia, cada vez más frecuente, de interpretar estos delitos contra la vida como legítimas expresiones de libertad individual, que deben reconocerse y ser protegidas como verdaderos y propios derechos” (El Evangelio de la vida, no. 18).

La pregunta “¿Dónde empezar?” es fácil de contestar: “Debemos empezar con el compromiso de nunca matar intencionalmente, ni participar en la matanza de cualquier vida humana inocente, no importa lo defectuosa, mal formada, minusválida o desesperada que parezca” (Vivir el Evangelio de la vida, no. 21).

Por tanto, algunas conductas son siempre moralmente malas, siempre incompatibles con nuestro amor a Dios y a la dignidad de la persona. El aborto, la eliminación directa de una vida humana inocente antes del nacimiento, es siempre moralmente malo, como lo es también la destrucción deliberada de los embriones humanos por cualquier razón. El suicidio asistido y la eutanasia no son actos de piedad, sino acciones siempre inaceptables moralmente. Los ataques directos contra civiles inocentes durante la guerra y los atentados terroristas dirigidos contra no combatientes siempre deben condenarse.

Nuestra preocupación se intensifica aún ante la comprensión de que una política y una práctica que tienen como resultado más de un millón de muertes anuales a causa del aborto, sólo puede disminuir el respeto por la vida en otras áreas. En este plan pastoral, entonces, “nos guía una comprensión clave con respecto al vínculo existente entre el aborto y estas otras importantes cuestiones: precisamente porque todas las cuestiones relacionadas con la vida humana son interdependientes, una sociedad que destruye la vida humana a través del aborto y bajo el manto de la ley, ineludiblemente socava el respeto a la vida en todos los demás contextos. De la misma manera, la protección de la vida humana aún no nacida en la ley y en la práctica beneficiará a toda la vida, no sólo a las vidas de aquellos aún no nacidos” (Plan pastoral para actividades provida: Una confirmación [1985], 5). Esa es la razón por la que nos con centramos aquí en las innumerables amenazas contra la vida que surgen del recurso generalizado del aborto, de políticas públicas que permiten, alientan y hasta financian el aborto y de un creciente esfuerzo por fomentar la eliminación de la vida humana a través de la eutanasia.

3. El legado de Roe v. Wade
El legado de Roe v. Wade

En enero de 1973, la Corte Suprema de los Estados Unidos se pronunció en Roe v. Wade y en el fallo relacionado, Doe v. Bolton; y al hacerlo, eliminó efectivamente toda protección legal para los seres humanos antes del nacimiento. El legado de Roe v. Wade es prácticamente incalculable. Ha tenido como consecuencia muerte, tristeza y confusión:

La muerte de millones, cuyas vidas se han destruído antes del nacimiento y aún durante el mismo proceso de nacer
Incontables mujeres tan profundamente traumatizadas a causa del aborto, que han pasado años luchando por hallar paz, consuelo y reconciliación
Hombres acongojados, porque no pudieron “elegir” proteger a los hijos que ayudaron a crear
Una sociedad cada vez más insensibilizada, por tolerar y aceptar actos que deliberadamente destruyen la vida humana

Estos ataques contra la vida humana se llevan a cabo dentro de la familia y con la participación activa de aquellos en la profesión sanitaria—instituciones que tradicionalmente han protegido a los débiles y vulnerables. A menudo se llevan a cabo a instancias de padres que, en lugar de proteger a sus hijos, creen que su única responsabilidad es la de ayudar a pagar el aborto. En la actualidad, aquellos que apoyan y proporcionan abortos reconocen libremente que su práctica implica matar; y aquellas elecciones, que en otra época se consideraban delictivas y que el sentido común moral rechazaba, ahora se han vuelto socialmente aceptables.

En 1992, la Corte Suprema ratificó Roe v. Wade—en gran parte, dijo, porque admitir un error y revertir el fallo anterior socavaría la autoridad de la Corte. Expresó también que “los individuos han desarrollado relaciones íntimas y han realizado elecciones que definen sus opiniones sobre sí mismos y sobre el lugar que ocupan en la sociedad, confiando en la disponibilidad del aborto en caso de que los anticonceptivos fallaran”. (Planned Parenthood v. Casey).

Dicho de otra manera, los estadounidenses confían ahora en el aborto legalizado como remedio cuando otros métodos anticonceptivos fallan.

En el 2000, en Stenberg v. Carhart, la Corte expandió la libertad del aborto más allá de la eliminación in utero; acogió ahora bajo el manto de la Constitución de los Estados Unidos la práctica de matar durante el proceso del nacimiento. El aborto es ahora considerado por muchos no sólo como un “derecho” a finalizar un embarazo antes del nacimiento, sino como una garantía de que el niño abortado no sobrevivirá. Ello es claro en lo que respecta al aborto por nacimiento parcial, así como también en los crecientes informes de niños que, tras haber sobrevivido abortos durante la mitad del embarazo o en su fase posterior son abandonados o se los deja morir, porque en primer lugar no se esperaba que vivieran.

Hoy, algunos procuran aliviar ciertas enfermedades humanas mediante investigaciones científicas en las que se realiza la destrucción de liberada de embriones humanos. Dichas investigaciones, se dice, mejorarán la vida humana, cuando “reducen en realidad la vida humana a simple ‘material biológico’ del que se puede disponer libremente” (El Evangelio de la vida, no. 14). A menudo, estos embriones que se utilizan para la investigación fueron creados en laboratorios, a través de la fertilización in vitro, para ayudar a parejas con problemas de infertilidad. Dichos esfuerzos, sin embargo, abrazan la fabricación de la vida humana sin considerar sus consecuencias, incluyendo los numerosos dilemas éticos que surgen de tal abuso de la tecnología científica.

4. Un comentario sobre la violencia
Un comentario sobre la violencia

Nuestro objetivo es eliminar toda violencia contra los niños aún no nacidos, sus madres y aquellos que están muriendo. Nos oponemos rotunda mente al uso de la violencia, en cualquier forma, para lograr este objetivo y condenamos las acciones de aquellos pocos que abogan por lo opuesto. Durante la última década, varias personas involucradas en la práctica del aborto han sido asesinadas, y otras han sido heridas, por individuos trágicamente equivocados, que se proclamaban en pro de la vida. Una violencia tal en contra de los seres humanos es indefendible. Constituye una ofensa contra el mandamiento de Dios: no matarás. También estigmatiza al movimiento provida como violento e intolerante ante los ojos de muchos estadounidenses. Inequívocamente aborrecemos y condenamos toda violencia de este tipo. “Es urgente una movilización general de las conciencias y un común esfuerzo ético, para poner en práctica una gran estrategia en favor de la vida. Todos juntos debemos construir una nueva cultura de la vida”. San Juan Pablo II, El Evangelio de la vida, no. 95